La
histeria sueña, sueña en cifras para no saber, sueña para el Otro, sueña bajo
transferencia. Así Dora trae sus sueños, los trae bajo su repetición, pone a
Freud a trabajar.
Freud
redacta la primera versión del caso en 1901, un año después de la publicación
de la Interpretación de los sueños, y lo nombra “Sueños e histeria”[1].
Paralelamente se encuentra trabajando en su texto Psicopatología de la vida
cotidiana. Está dedicado a las formaciones del inconsciente, en pleno
desciframiento, interpretando desde su posición de arqueólogo.
Y
la fertilidad del caso de esta joven histérica facilita este trabajo, pero
también lo hechiza. Bajo transferencia Dora pone en claro que no lo dirá todo y
que no todo puede pasar por la interpretación.
Marie-Hélène
Brousse dice en su texto El artificio, reverso de
la ficción ¿Qué hay de nuevo sobre el sueño 120 años después?
¿Qué produce el
sueño? Los efectos de saber agujereado que aparecen tan rápidamente como se
desvanecen porque las nominaciones que produce están al borde del
no-quiero-saber. Pero también efectos de cuerpo: movimientos diversos, placer
sexual, felicidad, incomodidad, malestar, lágrimas, angustia, horror, risa,
enigma. El sueño siempre va acompañado de fenómenos de cuerpo, una verdadera
interpretación en acto.
Dora
trae dos sueños que son centrales en la escritura de este caso. Uno que se
repite, otro que resuelve. Nos centraremos en ese segundo sueño que permite una
resolución.
En
primer lugar, observamos como Freud desglosa detalle a detalle cada uno de sus
aspectos. Esto lo hace de dos formas, por una parte el desciframiento de cada
uno de los signos que surgen, para luego proceder a interpretarlos, algunas
veces desde su literalidad, en otras haciendo construcciones cargadas de
sentido.
Miller
plantea que
“… interpretar es
descifrar. Pero descifrar es cifrar de nuevo. El movimiento sólo se detiene en
una satisfacción. Freud no dice otra cosa cuando inscribe el sueño como
discurso en el registro del proceso primario, como una realización de deseo. Y
Lacan los descifra para nosotros diciendo que el goce está en el ciframiento.”
(Miller, J.-A., Entonces Sssh…, “La interpretación al revés”, Ediciones Eolia,
Barcelona y Buenos Aires, 1996, p. 9.) Tomado de la web del congreso
Quiero
hacer énfasis en la serenidad de Dora al final del segundo sueño, el padre no
está, la madre no molesta. Finalmente está tranquila y anuncia a Freud que
puede seguir sola. Lo que Freud en un principio toma como una precipitación (y
se reprocha sus puntos ciegos), parece funcionar como una resolución.
Aun
así, podemos retomar lo que Freud construye de la transferencia, sólo se sueña
bajo transferencia y este sueño está en buena parte dedicado a él. Marie-Hélène Brousse comenta:
No hay análisis del sueño
que no sea bajo transferencia, incluso a posteriori, como algunos sueños
recurrentes de la infancia, relatados años después. Un sueño se convierte en
una formación del inconsciente solo si se aborda. La transferencia permite este
abordaje, incluye al Otro en el sueño.
Y
es bajo esta transferencia que Dora se deja interpretar (pudo haberse ido
antes). Freud aclara además que ha dado espacio a las asociaciones, que ya su
trabajo no va dirigido al síntoma de la demanda, marcando una diferencia con
estudios sobre la histeria. El está en búsqueda de aquello que se encuentra en
la profundidad del inconsciente.
Pero, precisamente, decir que el sueño interpreta es una
tesis lacaniana. Para Freud, es el analista quien interpreta el sueño del
analizante de acuerdo con un método preciso, sabiendo que el analista puede ser
el soñador… Pero también el sueño interpreta, es su lado “ombligo”. Interpreta
el traumatismo inaugural, el momento en el que el sujeto y el objeto
coincidieron, su diferencia abolida. Por un lado, la vía regia basada en la
dictadura loca del sentido que siempre es servil, como Lacan lo mostrará; por
el otro, el ombligo, un agujero en el saber, un agujero que resuena y produce
ondas. Troumatisme, dirá Lacan.
Marie-Hélène Brousse
Ese
resonar, ese non-sense puede verse en Dora más allá de ese “sentido servil”. Es
el sin sentido que la traslada a su casa, que pacifica el sufrimiento. Dora no
quiere saber lo que dice el libro, sólo quiere leer, no está escondida, no es cómplice,
finalmente deja de saber para no querer saber. Simplemente, sí se ha
simplificado, se deja llevar por eso que produce ondas en el litoral de las
palabras.
*Miembro Nel-Bogotá
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